En medio de los Juegos Olímpicos organizados por el régimen nazi de Adolf Hitler, el atleta afroamericano Jesse Owens logró una hazaña histórica, se convirtió en la figura más destacada del evento y en un símbolo global contra las teorías de superioridad de la raza aria que promovía el nazismo.
Jesse Cleveland Owens, nacido en 1913 en Alabama y criado en Ohio, llegó a Berlín como una de las grandes estrellas del equipo estadounidense. Sus victorias no solo marcaron récords olímpicos, sino que desafiaron abiertamente la ideología que Hitler pretendía proyectar a través de los Juegos.
Cuatro oros que hicieron historia
Entre el 3 y el 9 de agosto de 1936, Jesse Owens dominó las pruebas de velocidad y salto:
100 metros planos: oro con marca de 10,3 segundos.
200 metros planos: oro con marca de 20,7 segundos.
Salto de longitud: oro con marca de 8,06 metros.
Relevo 4x100 metros: oro junto a sus compañeros estadounidenses.
Fue el primer atleta estadounidense en ganar cuatro medallas de oro en una misma edición de los Juegos Olímpicos. Y tal hazaña no se volvería a dar sino hasta casi medio siglo después, cuando Carl Lewis conquista oro en las mismas cuatro pruebas en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles 1984.
El resonante desempeño atlético de Jesse Owens refutó públicamente las afirmaciones nazis sobre la supuesta superioridad de la raza aria, algo que no les causó mucha gracia al Führer y sus seguidores.
El contexto político
Los Juegos de Berlín fueron utilizados por el régimen nazi como plataforma de propaganda. Hitler y sus colaboradores esperaban demostrar la grandeza del Tercer Reich a través del deporte. Sin embargo, las victorias de Owens y otros atletas afroamericanos y judíos pusieron en evidencia las contradicciones de esa doctrina.
Aunque circuló ampliamente la versión de que Hitler abandonó el estadio para no felicitar a Owens, los hechos históricos indican que el líder nazi dejó de recibir a los medallistas después del primer día de competencias, sin distinción de raza.
Owens mismo aclaró en su momento que no se sintió personalmente despreciado por Hitler, pero sí lamentó la falta de reconocimiento por parte del presidente estadounidense Franklin D. Roosevelt, quien no lo invitó a la Casa Blanca ni envió felicitaciones públicas.
Carl Long: camaradería deportiva por encima de la ideología
Uno de los momentos más emblemáticos ocurrió en la final de salto de longitud. El alemán Carl Ludwig “Luz” Long, rival directo y representante del país anfitrión, ofreció consejos técnicos a Owens cuando este enfrentaba dificultades en la prueba. Owens aplicó el consejo, superó a Long y se llevó el oro.
Tras la competencia, ambos atletas posaron juntos y conversaron amistosamente, una imagen que contrastó fuertemente con el clima de odio racial promovido por el nazismo.
Durante los años posteriores a esos Juegos Olímpicos, Owens y Long mantuvieron una amistad e intercambiaron correspondencia.
Long pagó un alto precio por su deportividad: años después fue reclutado por el ejército nazi para ser enviado al frente de combate durante en la Segunda Guerra Mundial y falleció bajo el fuego aliado en Sicilia en 1943. Finalizada la guerra, Jesse Owens viajó a Alemania a conocer la familia de su amigo, y honró su memoria ante su tumba:
"Se podrían fundir todas las medallas y copas que gané, y no valdrían nada frente a la amistad de 24 quilates que hice con Luz Long en aquel momento."
Un ícono contra el racismo
Al regresar a Estados Unidos después de haber competido, Jesse Owens no recibió el reconocimiento inmediato que merecía debido al racismo imperante en la época. Tuvo que participar en eventos humillantes para ganarse la vida. Sin embargo, con el paso del tiempo su figura creció hasta convertirse en uno de los símbolos más poderosos de la lucha contra la discriminación racial y la intolerancia.
Sus cuatro oros en Berlín 1936 siguen siendo recordados como uno de los momentos más impactantes en la historia del deporte olímpico, donde el talento y la dignidad humana prevalecieron sobre la propaganda de un régimen totalitario.
Retirado completamente del atletismo, Jesse Owens montó una lavandería y trabajó en una gasolinera para ganarse la vida. Se convirtió en un fumador empedernido y, ya con más de 60 años su sistema respiratorio se fue deteriorando. Falleció de cáncer de pulmón en su hogar de Tucson, Arizona, el 31 de marzo de 1980.
Hoy, a 66 años de su fallecimiento, la memoria de Jesse Owens continúa inspirando a generaciones de atletas y les recuerda que el verdadero espíritu olímpico trasciende fronteras, ideologías y prejuicios.
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